por Rodrigo Solo

Joe Vasconcellos rasguea una guitarra amarilla. Es el ensayo de la tocata de esta noche aquí. Yo no sabía que tocaba tan bien, me arellené en una especie de sillón negro en una esquina. Nadie me preguntó nada, ni quién era, ni quién me había invitado. Yo llegué solita eso sí, vi un lienzo en la avenida Balmaceda y supuse que como a las 20 estaría en pleno ensayo y podría verlo.

El no sabe lo importante que es su música para mí, y no piensen que tuve un hijo con él ni que me enamoré tampoco y soy una desquiciada que al final de estas letras me levanto y le clavo un puñal. Pero Joe es Joe, realmente forma parte de la banda sonora de mi vida. Hoy día justo pensaba en eso mientras con uno de sus temas  en el iphone cruzaba por Cordovez hacia la agencia de vuelos donde trabajo. Mis audífonos blancos me tenían ida, absorta en otras cosas, en lo mágico, mágico ideal.

Hoy por hoy, es caminar desde mi casa junto al estadio hasta mi oficina. Llevo como cuatro años en ese deambular mecánico. Y siempre acompañada de Joe. Bueno, el accidente marca un antes y un después de mi rutina.

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