Llegaste.

Al fin, porque te estaba esperando como un soberano imbécil. Bueno, cada uno espera como puede, pero, tu sabes, las cosas, esto de ser un intelectual cesante, llega a un punto de decir basta. Y tú, qué me cuentas. Blabla, que tu jefe para arriba, para abajo, y la Yóselin, que peleó con su marido y me informas que pasará la noche aquí. No me gustan las rubias oxigenadas, y menos si llaman Yólesin, ¿no te parece un nombre cuma?

Ni respondes, porque a tus amigas no se les toca ni se les pela dices, pero a mi, maní porque estoy seguro que te rajas diciendo que soy un penca y un perdido, perdido será tu abuelo eso sí, porque yo soy un profesor universitario. Sin pega, pero profe. Te duchas. Me dices que la noche será larga porque nos tomaremos un pisquito sour. A mí me carga la tertulia, pero bueno, tu pagas las cuentas, yo te sigo.

***

No sé cómo le cambio el caracho a este. Todo le parece mal, balbucea, repite, ¡pero si flojea todo el santo día!

-Ven –le grito mientras ya me corre por el pelo el agua tibia. Al principio se hace el que no oye. Cierro la llave. Vuelvo a llamarlo y se asoma por la puerta.

-¿Qué pasa negrita?

-Báñate conmigo.

Se lo dije suavecito, pero él sabía que era una orden porque durante el día había andado muy hot, no sé porqué, pero muy caliente desde que salí de la casa, con la testoterona o como se llame en la mujeres a flor de piel. Ya me había pasado el rollo mientras estaba tras mi escritorio. De repente me vi frente a la pantalla fantaseando con este huevón que tiene gusto a leche pero que me revoluciona entera. Estábamos en el escritorio de Leandro(esta obsesiva obsesión de hacerlo en medio de sus papeles con la falda subida) y entraba éste con ese short Speedy azul que le hace ver sus piernas tan peludas. Todo pasaba rápido.

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