Vine a comprar libros, los pies bombean. Por 15 pesos compré a Jorge Edwards y a Carlos Franz, a valor local 10 veces menos. También fui a Ateneo, por mirar los pintados en la cúpula y por tocar muchas tapas.

Sigo pensando que debo escribir más, refocalizar mi energía. Placer culpable de traer metro y medio de libros con John Irving, Jorge Amado, y el escritor adolescente que se autodenomina Umberto Eco.

Hubo lluvia, unos granizos de camotes, un vendedor ambulante que casi me saca de quicio en un cruce peatonal porque no le quise comprar guantes rosados.

Me topé hasta con la Marengo.

Las callecitas tenían un nosequé.

Tengo por delante una ruma de libros junto a mi cama, a zambullirse en paz conque la modelo argentina no se me cruce en la imaginería.

Flaca ella, como ando con ganas de un tercer hijo podría haberme mirado más: tendríamos así un rubio trasandino.

Pero me quedo con los libros, el olor de una librería de madera perpendicular a Lavalle donde pregunté por millonésima vez por Todos Los Hombres Son Mortales de Simone de Beavoir. También me quedo con La Boca porque estaba despejada y vacía. Y la carne, Capataz y ese restorancito donde se me acabó la tarjeta.

Tkm, en la 103.7 iluminaba una librería de viejos en Corrientes. Sonaba Footloose, y cayó a mis manos Vueltas Al Tiempo, la biografía de Artur MIller, ex de Marylin.

Como una balada rápida: footloose en Baires, comiendo dulce de leche, rosquillas, lluvia, humedad, sol, Corrientes, Lavalle, en búsqueda de libros a un décimo de su valor con ganas de aprender a cultivar más mi ocio y vagabundeo de hojas amarillas de segunda o tercera mano.

Quiero escribir un gran texto: parto leyendo.

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