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Juanes

Suena este colombiano que tenía el pelo largo y hoy lo tiene corto, que se puso a llorar con Bosé en Cuba cuando casi no los dejan cantar por la paz.
8.39 y veo monitos con Arturo metiendome el dedo en la oreja. No sé porque ando down; debe ser por esa estúpida obsesión quizás de ser 1 y saber que nadie sabe de mis novelas y mi radio.
Juanes toquetea en el primer piso su balada, me comí un trozo de queso. Bueno; eso lo hace perfecto.

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Tracatraca

Así suena la lavadora en un día domingo de aseo general. No se si es un delanto a un maldito temblor pronosticado o qué, pero el tracatraca es elritmo de la mañana.
No retomo Cafeamargo.com una novela en que me enamoro de una senadora rubia que vi en un pasillo del Alto Las Condes y que invité osadamente al hotel Ibis de Antofagasta; todo por ciertoen mi mundo paralelo imaginario y que da rebotes en mi mente.
No sé si las rubias son más apasionadas que las morenas, creo que es rubia la senadora, pero me perdí en libracos que me traje de Buenos Aires y no escribo nada. Absorbo: como una esponja.

Footloose Baires

Vine a comprar libros, los pies bombean. Por 15 pesos compré a Jorge Edwards y a Carlos Franz, a valor local 10 veces menos. También fui a Ateneo, por mirar los pintados en la cúpula y por tocar muchas tapas.

Sigo pensando que debo escribir más, refocalizar mi energía. Placer culpable de traer metro y medio de libros con John Irving, Jorge Amado, y el escritor adolescente que se autodenomina Umberto Eco.

Hubo lluvia, unos granizos de camotes, un vendedor ambulante que casi me saca de quicio en un cruce peatonal porque no le quise comprar guantes rosados.

Me topé hasta con la Marengo.

Las callecitas tenían un nosequé.

Tengo por delante una ruma de libros junto a mi cama, a zambullirse en paz conque la modelo argentina no se me cruce en la imaginería.

Flaca ella, como ando con ganas de un tercer hijo podría haberme mirado más: tendríamos así un rubio trasandino.

Pero me quedo con los libros, el olor de una librería de madera perpendicular a Lavalle donde pregunté por millonésima vez por Todos Los Hombres Son Mortales de Simone de Beavoir. También me quedo con La Boca porque estaba despejada y vacía. Y la carne, Capataz y ese restorancito donde se me acabó la tarjeta.

Tkm, en la 103.7 iluminaba una librería de viejos en Corrientes. Sonaba Footloose, y cayó a mis manos Vueltas Al Tiempo, la biografía de Artur MIller, ex de Marylin.

Como una balada rápida: footloose en Baires, comiendo dulce de leche, rosquillas, lluvia, humedad, sol, Corrientes, Lavalle, en búsqueda de libros a un décimo de su valor con ganas de aprender a cultivar más mi ocio y vagabundeo de hojas amarillas de segunda o tercera mano.

Quiero escribir un gran texto: parto leyendo.

SEXY

Llegaste.

Al fin, porque te estaba esperando como un soberano imbécil. Bueno, cada uno espera como puede, pero, tu sabes, las cosas, esto de ser un intelectual cesante, llega a un punto de decir basta. Y tú, qué me cuentas. Blabla, que tu jefe para arriba, para abajo, y la Yóselin, que peleó con su marido y me informas que pasará la noche aquí. No me gustan las rubias oxigenadas, y menos si llaman Yólesin, ¿no te parece un nombre cuma?

Ni respondes, porque a tus amigas no se les toca ni se les pela dices, pero a mi, maní porque estoy seguro que te rajas diciendo que soy un penca y un perdido, perdido será tu abuelo eso sí, porque yo soy un profesor universitario. Sin pega, pero profe. Te duchas. Me dices que la noche será larga porque nos tomaremos un pisquito sour. A mí me carga la tertulia, pero bueno, tu pagas las cuentas, yo te sigo.

***

No sé cómo le cambio el caracho a este. Todo le parece mal, balbucea, repite, ¡pero si flojea todo el santo día!

-Ven –le grito mientras ya me corre por el pelo el agua tibia. Al principio se hace el que no oye. Cierro la llave. Vuelvo a llamarlo y se asoma por la puerta.

-¿Qué pasa negrita?

-Báñate conmigo.

Se lo dije suavecito, pero él sabía que era una orden porque durante el día había andado muy hot, no sé porqué, pero muy caliente desde que salí de la casa, con la testoterona o como se llame en la mujeres a flor de piel. Ya me había pasado el rollo mientras estaba tras mi escritorio. De repente me vi frente a la pantalla fantaseando con este huevón que tiene gusto a leche pero que me revoluciona entera. Estábamos en el escritorio de Leandro(esta obsesiva obsesión de hacerlo en medio de sus papeles con la falda subida) y entraba éste con ese short Speedy azul que le hace ver sus piernas tan peludas. Todo pasaba rápido.

Una pareja desnuda tocaba el piano

Al abrir su cajón notó que le faltaban tres pañuelos. Y sólo se los podría haber llevado ella. Siempre terminaba abrazado a su cuerpo, como una obsesión, como una historia de nunca acabar. ¿Quién más?

Anoche la llamó.

– ¿Qué harás ahora?

– Iré a verte.

 

Y él puso las velas, para darle al entorno un aire místico. Quedó desnudo frente al piano y se puso a tocar. Así la recibió, así lo vio ella cuando abrió con sus propias llaves, y eran las diez de la noche con cuarenta y nueve minutos.

Ella dejó caer su ropa a medida que avanzaba para sentarse junto a Joaquín Murró, ese hombre tan cercano y lejano a la vez, pero que la tenía marcada porque con dos toques le encendía entera.

 

Dos cuerpos sin ropa acompañándose al son de Schubert, Mozart, y Vivaldi. Todo porque habían sido compañeros cuando niños del profesor de gafas gordas a medio arreglar.

– He pensado en ti.

– Y yo.

 

De ahí él la tomó de la mano, ya era suficiente    de música. Usó los tres pañuelos de seda, cada uno de un color diferente. Él le amarró cada pierna en el borde inferior de la cama, y las manos las juntó en un solo nudo en la marquesa. La hizo su prisionera, la lamió, fue suya, con un consentimiento forzado.

 

Pero ya no estaban los pañuelos.

Última noche.  Volvía al sur, sin carta ni nada, pero ahora de una manera definitiva. Ya no quería seguir haciéndolo con su hermano.

Al menos, pensaba ella en el tren, se llevaba tres souvenirs

Joe es Joe

por Rodrigo Solo

Joe Vasconcellos rasguea una guitarra amarilla. Es el ensayo de la tocata de esta noche aquí. Yo no sabía que tocaba tan bien, me arellené en una especie de sillón negro en una esquina. Nadie me preguntó nada, ni quién era, ni quién me había invitado. Yo llegué solita eso sí, vi un lienzo en la avenida Balmaceda y supuse que como a las 20 estaría en pleno ensayo y podría verlo.

El no sabe lo importante que es su música para mí, y no piensen que tuve un hijo con él ni que me enamoré tampoco y soy una desquiciada que al final de estas letras me levanto y le clavo un puñal. Pero Joe es Joe, realmente forma parte de la banda sonora de mi vida. Hoy día justo pensaba en eso mientras con uno de sus temas  en el iphone cruzaba por Cordovez hacia la agencia de vuelos donde trabajo. Mis audífonos blancos me tenían ida, absorta en otras cosas, en lo mágico, mágico ideal.

Hoy por hoy, es caminar desde mi casa junto al estadio hasta mi oficina. Llevo como cuatro años en ese deambular mecánico. Y siempre acompañada de Joe. Bueno, el accidente marca un antes y un después de mi rutina.