Al abrir su cajón notó que le faltaban tres pañuelos. Y sólo se los podría haber llevado ella. Siempre terminaba abrazado a su cuerpo, como una obsesión, como una historia de nunca acabar. ¿Quién más?

Anoche la llamó.

– ¿Qué harás ahora?

– Iré a verte.

 

Y él puso las velas, para darle al entorno un aire místico. Quedó desnudo frente al piano y se puso a tocar. Así la recibió, así lo vio ella cuando abrió con sus propias llaves, y eran las diez de la noche con cuarenta y nueve minutos.

Ella dejó caer su ropa a medida que avanzaba para sentarse junto a Joaquín Murró, ese hombre tan cercano y lejano a la vez, pero que la tenía marcada porque con dos toques le encendía entera.

 

Dos cuerpos sin ropa acompañándose al son de Schubert, Mozart, y Vivaldi. Todo porque habían sido compañeros cuando niños del profesor de gafas gordas a medio arreglar.

– He pensado en ti.

– Y yo.

 

De ahí él la tomó de la mano, ya era suficiente    de música. Usó los tres pañuelos de seda, cada uno de un color diferente. Él le amarró cada pierna en el borde inferior de la cama, y las manos las juntó en un solo nudo en la marquesa. La hizo su prisionera, la lamió, fue suya, con un consentimiento forzado.

 

Pero ya no estaban los pañuelos.

Última noche.  Volvía al sur, sin carta ni nada, pero ahora de una manera definitiva. Ya no quería seguir haciéndolo con su hermano.

Al menos, pensaba ella en el tren, se llevaba tres souvenirs

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